«Voy a llevarte pa PR»: cómo Bad Bunny se volvió símbolo de dignidad de una nueva generación y de su sueño de independencia

Benito Antonio Martínez Ocasio, mejor conocido como Bad Bunny, será el artista que este año encabece el medio tiempo del Super Bowl, una elección que desde que se dio a conocer en septiembre ha captado la atención por su carácter inédito.

Se trata de un cantante que en todo su catálogo no tiene un solo tema en inglés, que no incluyó ninguna ciudad del territorio estadounidense continental en su actual gira mundial, que se declara orgulloso de ser latinoamericano y más aún puertorriqueño, y que ha dejado claro su rechazo a las políticas migratorias de Estados Unidos y a las redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (IEE, por sus siglas en inglés).

Entonces, ¿cómo fue entonces que el “Conejo Malo” fue elegido para ser el protagonista del show del Super Bowl, un espectáculo observado por millones de personas en el mundo y que, según el Departamento de Estado, “auténticamente captura el espíritu de Estados Unidos y donde el trabajo duro se paga con grandeza”?

La cita de este domingo 8 de febrero en Santa Clara, California, no será la primera vez que Bad Bunny pise el escenario del medio tiempo de un Super Bowl. Ya lo hizo en el show del 2 de febrero de 2020, cuando él y el colombiano J Balvin fueron artistas invitados en la presentación de Jennifer Lopez y Shakira en el Super Bowl 54.

Ahora, el artista crecido en la localidad de Vega Baja llega como cabeza de cartel precedido por un éxito creciente que refleja en premios, en boletos agotados en sus conciertos y en millones de reproducciones en plataformas musicales y de video.

El anuncio de su presentación en el Super Bowl de este año, sin embargo, no generó un aplauso unánime. Cuando se dio a conocer la noticia en septiembre, esta levantó diversas reacciones en Estados Unidos, entre ellas, claras manifestaciones de rechazo por parte del movimiento Make America Great Again (MAGA), la base electoral del presidente Donald Trump.

Y desde ese primer promocional, Bad Bunny dejó ver algunos de los elementos que dan vida a sus presentaciones y que probablemente desplegará en el escenario de Santa Clara el próximo domingo. Frente a la imagen de una playa y montado sobre un goal post, observa desafiante a la cámara mientras porta una pava, un sombrero típico de los jíbaros boricuas de la región montañosa de Puerto Rico que, según especialistas consultados, por muchos años fue sinónimo de humildad e, incluso, de cierta vergüenza.

Lejos de esos sentimientos, en las semanas previas al Super Bowl 60 el artista ha difundido en sus plataformas imágenes de paseos en las playas de Puerto Rico y del característico sapo concho de la isla, un mensaje que varios especialistas consideran representativo del sentido de pertenencia que el cantante tiene por su tierra.

“En Puerto Rico, la pava no era un motivo de orgullo. Bad Bunny lo ha llevado a otro nivel”, comenta a CNN José Lee Borges, profesor en el Departamento de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico en Humacao.

“Bad Bunny se ha convertido en la voz de una generación que perdió el miedo a ser puertorriqueño”, afirma Lee Borges. “Pero ese orgullo, esa pelea por la dignidad, no es un fenómeno nuevo, ha acompañado toda nuestra historia, quizá los nuevos medios lo han potenciado, es como una globalización al revés”, subraya.

Lee Borges identifica tres puntos de quiebre en los últimos 10 años, que, en su opinión, sirvieron de motor a esa generación de boricuas convertida en la plataforma primaria de Bad Bunny. Por un lado, las leyes sobre el territorio estadounidense promovidas en 2016 por Barack Obama (entre ellas, la ley PROMESA, creada para hacer frente a una fuerte crisis de deuda en la isla). Por el otro, la reacción de la primera presidencia de Trump a la tragedia causada por el huracán María en 2017 (que dejó más de 4.000 muertos y a más de 1 millón de sus 3,2 millones de habitantes sin electricidad). Y finalmente, las masivas protestas que devinieron en la renuncia del gobernador Ricardo Rosselló, en 2019, y en las que Bad Bunny (entre otros artistas, como Residente, Lin-Manuel Miranda y Ricky Martin) fue un activo participante.

“Estos tres eventos hicieron que muchos comenzaran a cuestionar el papel de Puerto Rico como territorio estadounidense”, dice Lee Borges.

Desde entonces, el apoyo al independentismo ha crecido en la isla, pero no ha superado a la proporción de puertorriqueños que votan a favor de permanecer en la misma condición de estado libre asociado de EE.UU.

En 2016, los tres candidatos independentistas que participaron en las elecciones de Puerto Rico sumaron cerca de un 19% de la votación. En 2024, el también independentista Juan Dalmau, quien recibió el respaldo público de Bad Bunny, consiguió un 30%, 13 puntos detrás de la actual gobernadora, Jenniffer González.

Para el especialista Mario Cancel-Bigay, la coyuntura de la presentación de Bad Bunny en el medio tiempo del Super Bowl trasciende a la política.

“Bad Bunny es un intérprete fascinante”, dice Cancel-Bigay, doctor en Etnomusicología por la Universidad de Columbia y profesor en Estudios Liberales en la Universidad de Nueva York. “La música crea solidaridades, a veces inesperadas, y Bad Bunny menciona a esa cultura de resistencia”, agrega el académico, hijo de puertorriqueños e intérprete del cuatro, un instrumento clave en la música campesina boricua.

El fenómeno Bad Bunny, asegura el especialista, incluso ha hecho que aumenten sus invitaciones a tocar el cuatro en fiestas. “¡Me ha ayudado hasta a mí!”, exclama.

Carla Santamaría, puertorriqueña y doctora por la Universidad de Albany, afirma en esa misma línea que Bad Bunny se convirtió en exponente del “dolor compartido” que se extiende a la historia de Puerto Rico a partir de 1898 con la guerra hispano-estadounidense. “Hablamos de un nacionalismo cultural”, explica.

En “Eeo”, una canción de “Debí tirar más fotos”, álbum de Bad Bunny que reúne estas raíces puertorriqueñas, el artista da juego a ritmos cercanos al reggaetón que hablan de atracción sexual, al tiempo que hace un paréntesis para recordar que lo que canta es “música de Puerto Rico, que escuchábamos en los caseríos”.

Frente al fenómeno Bad Bunny, no son pocas las voces que, si bien reconocen los mensajes políticos del artista, también piden mantener una mirada crítica sobre su música en particular y el reggaetón en general.

Para Verónica Ortega, presidenta de la Asociación de Educación Feminista (Funfem) de Guadalajara, Jalisco, al occidente de México, es importante recordar que el reggaetón mayoritariamente es una forma que perpetúa a la mujer como un objeto de deseo para complacer al hombre.

“Como académica feminista, a mí no me gustaba Bad Bunny, a mí me parece violento, y me iría más atrás. Daddy Yankee, ‘Gasolina’, desde ahí empieza todo el tema, como lenguaje violento hacia las mujeres; como tal, el reggaetón es un lenguaje violento, de denigración, está a la merced del hombre”, dice. “Me gusta la música porque es música, soy melómana, pero no quito el dedo del renglón. Aunque como artista lo respeto por defender su identidad”.

Justo esa idea, la de que un artista que no oculta su orgullo por sus raíces y que recalca su uso del español en el contexto político actual en Estados Unidos, es una que podría parecer radical, admite Santamaría, y agrega: “Lo radical a veces significa empujar”.

En la propia Vega Baja, la tierra donde Benito creció antes de ser Bad Bunny, muchos vecinos dicen sentirse orgullosos de ver a uno de los suyos promover lo que para ellos representa Puerto Rico.

“Necesitamos que el mundo sienta nuestras raíces”, dice Wallysvette Lozano, vecina del barrio de Almirante Sur. Que Bad Bunny cante en español, dice, “es lo más hermoso, porque nosotros siempre que intentamos hablar en otro idioma es para que nos entiendan; entonces, también nosotros los latinos lo necesitamos. Que la gente sepa eso y lo valore también”.

¿Qué es lo que ella valora? Quizá la primera respuesta está en la pava, donde antes se veía la humildad del jíbaro puertorriqueño y que ahora apunta a una grandeza, la misma grandeza a la que aspiran los atletas y los artistas y que, por primera vez en la historia de los espectáculos del medio tiempo del Super Bowl, un cantante boricua expresará en su lengua materna y la de unos 600 millones de personas en el mundo: el español.

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