“Caímos, pero gozamos”. Así resume Roberto Mercado, oriundo de Santo Domingo, lo que acaba de pasar. República Dominicana, una de las novenas más temidas del Clásico Mundial de Béisbol, perdía ante el equipo de Estados Unidos, con una decisión polémica en el final.
Desde tempranas horas del domingo, al loanDepot Park en Miami comenzó a llegar el décimo jugador de la escuadra dominicana: su fiel afición.
Por todos lados se escuchaba a los quisqueyanos pronosticar el resultado del partido.
“Seis a cuatro a favor de Dominicana”, gritaba uno, “¡no, hoy ganamos cinco a tres!”, respondía una joven, convencida.
Al final, Estados Unidos se llevó el triunfo 2-1 ante una República Dominicana que no pudo beneficiarse de su bateo, pero mucho menos de una decisión arbitral que claramente se pudo haber cantado como bola, pero terminó en strike en el último out de la noche.
República Dominicana no pudo haber tenido una manera más dolorosa de caer eliminada. Con hombre en tercera, tres bolas y dos strikes en la baja de la novena, el turno al bate era de Geraldo Perdomo ante Mason Miller. El lanzamiento del cerrador de los Padres claramente estuvo por fuera de la zona de bateo. Un sencillo mantenía con vida al equipo caribeño y de ahí un desenlace inesperado, pero la decisión fue strike, tercer ponchado, fin del juego.
No hubo revisiones o aplicación de la tecnología, que casualmente las Grandes Ligas adoptarán para la próxima campaña que ya está por comenzar. Pese a la derrota y la controversia, la fiesta de los dominicanos igual se sintió en las tribunas durante todo el Clásico Mundial.
Frank De la Cruz, editor deportivo del periódico dominicano Último Minuto, explica esa pasión de esta manera: “En el ADN que corre por las venas de los dominicanos está el béisbol. Nacemos con una vena que nos llega directo al corazón y dice béisbol”.
De la Cruz asegura que lo que hace el público dominicano “es fundamental para que los muchachos rindan en el terreno”.
Con el seguidor dominicano también llegan al parque los ritmos caribeños que lo caracterizan. El merengue y el perico ripiao comienzan a escucharse en las gradas. La tambora y la güira retumban por los pasillos del estadio.
Para René Jules, ese ritmo dominicano “es lo que trae la vibra”, la emoción del juego y la energía necesaria para que los jugadores “metan mano”.
Unos ritmos contagiosos que trascienden fronteras y unen al pueblo latino presente en cada diamante.
Para el colombiano Eric Roa y su hijo Prince, la afición al equipo dominicano nació después de visitar muchas veces la isla. “Mi hijo juega todos los veranos en Santo Domingo o en Punta Cana con academias dominicanas”, cuenta Roa. Él mismo jugó béisbol desde niño, y ver a su hijo convertirse en aficionado del famoso “Team Plátano”, dice, es lo máximo.
Sam Right es estadounidense, pero llegó desde Boston para apoyar a los quisqueyanos y lo dice en inglés mientras abraza a su novia: “Soy dominicano por asociación. Los dominicanos y su cultura me han dado la bienvenida, y además tienen a los mejores jugadores”, asegura.
Su novia, Amy Noa, oriunda de Santiago, explica qué hace especial al aficionado dominicano: “Nosotros tenemos pasión. Todas las probabilidades pueden estar en nuestra contra, pero triunfamos por la pasión… y por el poder del plátano”.
La historia del plátano en el equipo dominicano tiene su momento icónico. En el Clásico Mundial de 2013, el cerrador Fernando Rodney llegó al estadio con uno en la mano. Desde entonces, ese alimento esencial de la dieta dominicana se convirtió en símbolo del poder y talento del pelotero quisqueyano.
Roberto Suárez, del Cibao, lo explica entre risas: “El plátano es más saludable que los panqueques o la arepa”, dice, en clara alusión a los equipos de Estados Unidos y Venezuela.
“Esos muchachos lo primero que comen en la mañana son dos tajadas de salami, cuatro plátanos y un huevo”, asegura Suárez, mientras su esposa se ríe a carcajadas a su lado.
En medio de esa mezcla de música, comida, humor y béisbol, Jorman Acosta resume el sentimiento de toda una grada: “Nosotros jugamos este juego como si fuéramos niños”, dice. “Para nosotros, esto es una fiesta, no importa qué pase en el diamante”.
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