¿Quién cederá primero mientras la guerra con Irán golpea a la economía mundial?

Con las conversaciones de paz estancadas y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sin ofrecer un calendario para poner fin a la guerra con Irán, la pregunta en boca de todos es quién puede soportar por más tiempo el costo de este conflicto. Hay indicios crecientes de que podría ser Irán.

Sin una amenaza inminente de reanudar una campaña de bombardeos devastadora, Irán está logrando su principal objetivo bélico: hacer subir el precio del petróleo, y con ello presiona a Trump para que acceda a algunas de sus demandas.

Trump, por su parte, no reconoce ninguna desventaja. “Tengo todo el tiempo del mundo, pero Irán no. El reloj corre”, escribió este jueves en redes sociales. “El tiempo no está de su lado”.

Mientras tanto, medios vinculados al Estado iraní especularon públicamente sobre qué podría atacar Teherán a continuación. La agencia semioficial Tasnim afirmó que “al menos siete” cables submarinos de datos que dan servicio a países del golfo Pérsico están agrupados a lo largo de un estrecho corredor del lecho marino en el estrecho de Ormuz.

Como ha comprobado la OTAN al enfrentar presuntos cortes de cables en el mar Báltico, este tipo de acciones asimétricas son costosas y requieren tiempo.

Las Fuerzas Armadas iraníes también están dando señales de una posible escalada convencional si no se cumplen las demandas de Teherán, al amenazar objetivos específicos en los estados vecinos del Golfo que aún reparan daños de la última ronda de ataques.

Entre los objetivos mencionados figuran la refinería de Ruwais, en Emiratos Árabes Unidos, y Abqaiq, en Arabia Saudita, la mayor planta de procesamiento de crudo del mundo.

La provocación iraní hacia sus adversarios no es nueva. Sin embargo, lo nuevo es un escenario en el que Irán aparece como un inesperado protagonista en un pulso con el poderoso Estados Unidos.

Puede que gran parte de la Marina iraní esté en el fondo del océano, como afirma el secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth. Pero pequeñas embarcaciones iraníes, con tripulaciones de dos a seis personas, están atacando buques de carga y petroleros cerca del estrecho de Ormuz con aparente impunidad.

No hay duda de que las Fuerzas Armadas estadounidenses podrían neutralizar con el tiempo esos enjambres de lanchas rápidas, pero el tiempo es un lujo que Trump no tiene. Y aunque Irán esté recurriendo a capacidades limitadas, por ahora parece contar con la ventaja del terreno frente al ejército más poderoso del mundo.

Trump, que suele valorar su capacidad de presionar a sus adversarios con una mezcla de bravuconería y fanfarronería, se ha mostrado menos vocal sobre Irán. Sus publicaciones volátiles de la semana pasada —en las que afirmaba que un acuerdo estaba cerca y que Irán entregaría “polvo nuclear” y pondría fin al enriquecimiento de uranio— se volvieron en su contra.

Irán respondió con una declaración de Mohammad Bagher Ghalibaf, el aparentemente poderoso presidente del Parlamento, quien escribió en X que Trump estaba “mintiendo”.

El resto ya es historia. Irán no se presentó a las conversaciones en Islamabad y las tensiones en el estrecho volvieron a aumentar. Las Fuerzas Armadas estadounidenses han interceptado más de 30 embarcaciones desde que inició su bloqueo contra puertos iraníes y buques vinculados.

Irán, aparentemente en lugares y momentos de su elección, ha atacado al menos cinco barcos en torno a la disputada ruta marítima comercial.

Como dijo esta semana Ghalibaf, el principal negociador de Irán, los iraníes creen que tienen la ventaja. En discursos recientes ha declarado que el enemigo ha sido “derrotado estratégicamente”.

Los iraníes son expertos en avanzar por etapas para conseguir lo que quieren. Negociadores de la administración Obama lo vieron de primera mano, cuando Irán fue reduciendo la resistencia a algunas de sus demandas durante años de conversaciones que condujeron al acuerdo nuclear de 2015.

Esta semana, los iraníes mostraron algunas de las mismas maniobras diplomáticas que les funcionaron en 2015, al afirmar que no pidieron la extensión del alto el fuego que Trump anunció a última hora del lunes. Y desde entonces se han negado a dar una respuesta oficial.

La secuencia de parte de la diplomacia en Islamabad sugiere lo contrario. Pero, si efectivamente hicieron una solicitud, no fue una maniobra pública abierta. En cambio, quedó insinuada en el subtexto de declaraciones de su principal negociador, Ghalibaf, como esta en X: “No aceptamos negociaciones bajo la sombra de amenazas”, publicada mientras Trump se negaba a extender el alto el fuego y el vicepresidente, J. D. Vance, se preparaba para la siguiente ronda de conversaciones.

Para los iraníes habría sido evidente que el vencimiento del alto el fuego se usaría como presión para intentar arrancarles concesiones en la mesa de negociación.

Por muy diezmado —incluso fracturado— que pueda estar el liderazgo de Irán, no iba a caer en esa trampa. La diplomacia, y la pragmática ambigüedad que a veces la acompaña, están arraigadas en todos los niveles de la clase política iraní.

La fortaleza diplomática de los iraníes es anticipar lo que viene y saber cómo posicionarse para aprovecharlo.

Conseguir algo sin pedirlo abiertamente, asegurarlo y pasar al siguiente punto de sus demandas se ha convertido en una práctica refinada.

Levantar el bloqueo estadounidense del estrecho de Ormuz era el siguiente objetivo para el que se estaban posicionando, algo que Trump se niega pública y firmemente a hacer.

En Islamabad, el murmullo casi indescifrable de filtraciones se ha apagado. Esta fase de mediación entre bambalinas se ha vuelto tan sensible que nadie con conocimiento cercano parece dispuesto a arriesgar el cálculo en juego para calmar los ánimos y restablecer la confianza.

En el ensordecedor silencio diplomático, lo que llena el vacío es el avance de los mercados globales.

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