El Domingo de Pascua, Shamar Elkins posó para una foto con sus siete hijos, todos con atuendos de iglesia a juego: la mayoría de las niñas con suéteres blancos abotonados con rayas rosas y los niños con polos azul cielo. Una de sus hijas muestra una sonrisa electrizante, enmarcada por dos moños verdes en el cabello.
Elkins extendió las manos detrás de ellos, envolviendo a sus hijos como en un gran abrazo. En Facebook, dijo que era la primera vez que tenía a todos sus hijos juntos en la iglesia.
Dos semanas después, de acuerdo con la policía, esas mismas manos apretaron el gatillo y les quitó la vida a todos ellos y también a uno de sus primos, en una ola de violencia que conmocionó a Shreveport.
Tantos futuros truncados. Tantas preguntas.
“Los niños eran niños”, dijo a CNN el vecino Freddie Montgomery. “Eran niños que jugaban en el patio todos los días”.
Para el lunes, en el césped delantero de la casa habían levantado un monumento improvisado con globos de colores brillantes, molinetes a rayas y animales de peluche de todo tipo: un tributo a los niños pequeños que solían jugar allí.
Niños comunes —de 3 a 11 años— ahora forman parte de una historia que es a la vez extraordinaria y demasiado común. La violencia con armas de fuego es la principal causa de muerte de los niños en Estados Unidos.
Mientras sus madres —que también resultaron heridas en el ataque— se recuperan, los ocho niños que fallecieron están siendo recordados por su espíritu vibrante y su amor por la vida.
“Eran ocho bebés. Ocho bebés preciosos”, dijo Troy Brown, el padre de la octava víctima. “Así que no, no estoy bien”.
Mar’Kaydon Pugh, de 10 años, era el primo de los siete hermanos que murieron en el ataque. Su madre, Keosha Pugh, y la esposa separada de Elkins son hermanas. Keosha se fracturó la pelvis y la cadera después de saltar de un techo con su hija Mar’Kianna mientras huían de los disparos, dijo su esposo, y se está recuperando.
“Nunca voy a poder volver a lanzar el balón de fútbol con él”, dijo entre lágrimas su padre, Brown, el lunes.
Brown afirmó que ayudó a criar a los primos de Mar’Kaydon y está de luto por la pérdida de todos los niños.
“He perdido ocho partes de mí, porque amé a cada uno de ellos como si fueran míos y cuidé de ellos como si fueran míos”, dijo Brown.
Brown asegura que la casa que compartía con Keosha Pugh, su cuñada Shaneiqua Pugh, su cuñado Shamar Elkins y seis de los niños nunca estaba en silencio. Antes del ataque que le robó a la casa la alegría y la vida, palpitaba con ruido, risas y movimiento.
Algunas de las más ruidosas eran las hermanas Jayla Elkins, de 3 años; Shayla Elkins, de 5; Kayla Pugh, de 6; y Layla Pugh, de 7.
Llenaban las habitaciones de canto y baile, a veces entonando el cántico espontáneo de generación Alpha: “6-7”, una frase que solo ellas parecían comprender del todo. Las niñas pasaban horas grabando videos para TikTok, transformando momentos cotidianos en algo lúdico e infantil.
“Les encantaba moverse y divertirse”, dijo Brown a CNN.
Compartían todo: juguetes, espacio y atención. Las hermanas estaban obsesionadas con Lilo & Stitch y Hello Kitty. Jayla adoraba los unicornios. Shayla era más reservada y a menudo se quedaba en silencio mirando su teléfono. Layla y Kayla se enorgullecían de ayudar en la casa, rápidas en responder: “Está bien, tío”, cada vez que Brown les pedía que ordenaran.
Con el cuidado delicado de una madre primeriza, Christina Snow observaba atentamente desde su cama de hospital mientras sostenía el biberón para su diminuto bebé, que vestía un pijama rosa de una sola pieza.
“FELIZ 1er CUMPLEAÑOS a mi niña Sariahh R. Snow, mamá te ama y siempre lo hará”, escribió Snow en Facebook, publicando esa foto de la bebé alimentándose junto con otras de la recién nacida descansando.
Para cuando se tomaron la última foto familiar en Pascua, la bebé de 2,3 kilogramos de aquella primera instantánea ya casi le llegaba a la barbilla a su padre, y a sus 11 años era una cabeza más alta que todos sus hermanos.
Los maestros recordaban a Sariahh como alguien que siempre estaba lista para ayudar a los demás.
“Era muy trabajadora. Alguien que tenía una gran sonrisa y un gran corazón”, dijo a CNN el superintendente de la parroquia de Caddo, Keith Burton.
Khedarrion, de 6 años, estaba emocionado de ir al campamento de verano con sus hermanos, Sariahh y Braylon, donde aprenderían un nuevo oficio y asistirían a clases, dijo su tía abuela LaShun Berry. A los tres les encantaba visitar la granja, añadió.
La maestra de preescolar Angela Hall dijo que vio a Khedarrion jugando en el patio el año pasado y lo describió como un “espíritu extrovertido”.
Después de que Khedarrion se graduó del preescolar, Hall le preguntaba a la familia por él y se alegraba de escuchar que le iba bien en la escuela, aseguró.
“Ya sabes, de alguna manera terminas conectándote con toda la familia”, dijo Hall.
Khedarrion estaba dando grandes pasos en el kínder, dijo Burton, y recientemente su directora en la escuela primaria Summer Grove lo había elogiado por su progreso en lectoescritura desde el inicio del año escolar.
“(Su maestra) dijo que tenía una brillantez natural y que realmente tenía sed de aprender y de participar en actividades, y ella está devastada, sin duda”, dijo Burton.
Cuando Braylon, de 5 años, entró al aula de preescolar de Hall el pasado agosto, lo primero que notó del niño respetuoso y de modales tranquilos fue lo callado que era.
Su objetivo era lograr que se abriera durante el año escolar, y para abril, había avanzado mucho.
“Era un buen amigo, jugaba, socializaba bien, le encantaba divertirse en el patio, perseguir a otros niños y jugar a las traes… Era un buen niño”, dijo.
Cuando Braylon “se ponía un poco inquieto” durante la hora del círculo, Hall dijo que le llamaba la atención y él se reía y mostraba su sonrisa característica, y Hall no podía evitar sonreír también.
“Era una alegría verlo sonreír cada vez que lo hacía, porque tenía una sonrisa tan feliz”, dijo.
Cuando los niños tenían tiempo libre, Hall aseguró que Braylon, a quien le encantaba construir cosas y usar su imaginación, iba al rincón de la biblioteca. Y aunque ninguno de los niños realmente sabía leer todavía —algunos sostenían sus libros al revés—, Braylon se sentaba en silencio con su libro en posición correcta y lo guardaba con cuidado cuando terminaba.
“Ya sabes, no todos los niños hacen eso en mi salón”, dijo Hall.
El jueves pasado, Hall afirmó que le contó a la mamá de Braylon sobre el progreso que había logrado al escribir su nombre y apellido.
Esta semana, cuando Hall mencionó el nombre de Braylon, él no estaba. Dijo que se sorprendió haciéndolo repetidamente, por error (otro estudiante de la clase tiene un nombre similar), y cada vez le recordaba que ya no está.
El ambiente en el aula ha sido sombrío, afirmó Hall.
“Podía notar que sabían que algo estaba pasando, porque me miraban con tanta atención”, dijo. “Yo sabía que entendían que algo andaba mal, pero no sabían qué”.
Mientras la familia y la comunidad lidian con una pérdida inimaginable, los niños que se reunieron para Pascua serán sepultados juntos.
Las ocho víctimas tendrán funerales conjuntos programados tentativamente para el 23 de mayo en el centro de convenciones de Shreveport y serán enterradas cerca unas de otras, dijo Berry a CNN.
La familia dice que planea honrar a los niños una vez que sus madres hayan avanzado lo suficiente en su recuperación como para poder realizar los funerales.
El gobernador de Louisiana, Jeff Landry, anunció que la Love One Louisiana Foundation ayudará a cubrir los costos del funeral.
Shaneiqua Pugh permanece en la Unidad de Cuidados Intensivos, pero se está comunicando y recuperando después de haber sufrido nueve heridas de bala, dijo Brown a CNN el miércoles. Keosha Pugh, quien según Brown se recupera de una cirugía, asistió a una vigilia en silla de ruedas por los niños fallecidos el miércoles por la noche.
Christina Snow fue dada de alta del hospital el miércoles después de recibir un disparo en la cara, aseguró Berry a CNN. Este jueves por la mañana, asistió a una vigilia afuera del edificio local del programa Head Start, donde maestros y miembros de la comunidad la consolaron mientras soltaron globos en honor a los niños.
Las fotos de las víctimas capturan los momentos más dulces de la infancia —una sonrisa con dientes, una camiseta con un oso de peluche, cuentas de colores sobre el cabello trenzado— y traen recuerdos felices y consuelo a los seres queridos que quedaron atrás sin respuestas.
“Les encantaba estar afuera”, dijo Berry. “Amaban la vida”.
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