Nació en EE.UU., pero esta niña de 10 años sabe dónde esconderse en la escuela si ICE aparece

Madeleine, como la mayoría de los niños de primaria, disfruta del recreo en el patio de juegos, un refugio donde se forman amistades, se construye la independencia y la imaginación vuela libremente.

Pero últimamente, se ríe y se juega menos allí. Las conversaciones habituales de los niños sobre programas de televisión, libros o lo que van a comer en el almuerzo se han visto afectadas por la presencia de agentes federales de inmigración en Minnesota y el miedo que han provocado, contó su madre Nicole a CNN. La familia pidió ser identificada solo por sus nombres de pila por motivos de seguridad.

Nicole dice que su hija de 10 años le dijo: “Se supone que debemos entrar (a la escuela), pero sé que voy a tener miedo, así que me voy a esconder en el lugar que encontré en el patio de juegos por si viene ICE”. Ese comentario surgió durante una charla después de la escuela, pocos días después del tiroteo fatal de Renee Good.

Los niños no han sido inmunes a las operaciones de control migratorio intensificadas por la administración Trump en todo el país. Muchos han sido separados de sus padres y cuidadores que enfrentan detención o deportación, o se han quedado con ellos pero fueron llevados por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, como Liam Conejo Ramos. En un incidente, una familia de seis personas en Minneapolis, con un niño de apenas 6 meses, fue alcanzada por gas lacrimógeno en su auto mientras intentaban llegar a casa y terminaron en una zona de protesta.

En declaraciones a CNN, el Departamento de Seguridad Nacional negó recientemente las acusaciones de que los agentes de ICE detienen o apuntan a niños y estudiantes. También negó que la familia que fue alcanzada por gas lacrimógeno haya sido un objetivo.

CNN habló con familias cuyos hijos, como Madeleine, nacieron en Estados Unidos y ahora temen a ICE. Aunque padres e hijos puedan pensar que su ciudadanía estadounidense los protege del temor a la deportación, compartieron las muchas formas en que el debate migratorio nacional los está afectando y arrojaron luz sobre una generación ya marcada por la violencia armada y una pandemia global, mientras enfrentan una nueva temporada de agitación política.

Madeleine, una niña caucásica que asiste a una escuela con estudiantes de diversos orígenes étnicos en un suburbio de Minnesota, está atormentada por el pánico solo de pensar en la presencia de un agente federal y en la posibilidad de perder a un ser querido por detención o deportación.

Ha hecho planes para garantizar su propia seguridad tanto en la escuela como para el futuro de su familia en otro país, a pesar de ser ciudadanos estadounidenses. La preadolescente trazó una ruta de escape por una abertura en la cerca detrás del patio de juegos de la escuela en caso de que necesite huir y designó el escritorio de su maestra y un armario vacío en el pasillo como sus escondites dentro del edificio, según contó su madre.

Horas después del tiroteo fatal de Alex Pretti el 24 de enero en Minneapolis, Madeleine llamó a su mamá a su lado de la cama.

“Voy a su habitación y me muestra su iPad, y me dice que nos encontró una casa en Japón”, recordó Nicole. Cuando le preguntó por qué Japón, Madeleine le dijo a su mamá que había buscado los lugares más seguros para vivir y Japón estaba en la lista; ese razonamiento todavía desconcierta a Nicole varias semanas después.

Madeleine, quien está en el programa de inmersión en español en su escuela, le contó a su mamá que sus compañeros somalíes e hispanos intentaron tranquilizarla sobre su seguridad en la escuela diciéndole: “Oh, bueno, Madeleine, eres blanca, estarás bien”. Pero luego ella me dijo: “Bueno, mamá, están matando a personas blancas”.

Aliviar los temores de su hija sobre algo que, como madre, también le da miedo, puede ser una tarea bastante abrumadora, dijo Nicole.

Antes de que las autoridades anunciaran que la ofensiva de control migratorio que duró meses estaba llegando a su fin en Minnesota, un estado que se convirtió en el foco de la iniciativa de la administración Trump desde principios de diciembre, la madre de dos dijo que hacía todo lo posible por recordarle a su hija que está segura en casa.

“Solo le digo que está segura en casa con nosotros. Pero no puedo prometerle que ICE no aparecerá en su escuela o en el estacionamiento, o cuando estemos en una competencia de natación, o algo así”, dijo Nicole.

Al señalar que “se hizo mucho daño en nuestra comunidad” y la pérdida de “dos grandes personas sin razón”, Nicole dijo que el fin de la ofensiva migratoria en Minnesota le trae alivio, ya que espera que ayude a disminuir el miedo y la ansiedad de su hija.

Cuando Alex Porter arropó con un edredón verde bosque a su hijo Philip el mes pasado en su casa de Corydon, Indiana, se encontró con las lágrimas abundantes que corrían por el rostro de su hijo de 9 años.

Porter pudo notar que su hijo menor estaba “visiblemente muy alterado por algo” y, cuando le preguntó, la respuesta de Philip lo abrumó: “Dijo, ‘ICE’, así lo expresó, ‘lo de ICE’”.

Rodeado de paredes amarillas llenas de obras de arte, carteles y un gran tapiz con una versión de la obra de arte “Noche estrellada” en el estilo de un videojuego, el padre siguió indagando en la mente de su hijo. Resultó que su hijo estaba preocupado por la seguridad de sus compañeros de clase de Guatemala y Camboya. La charla entre padre e hijo tuvo lugar solo unos días después de la muerte de Pretti en Minneapolis.

“Dejando la política de lado, no es una buena sensación que tu hijo tenga ese tipo de miedo”, dijo Porter, quien agregó que él y su familia son estadounidenses blancos en una comunidad rural de Indiana con tendencia a apoyar a Trump, donde no se han visto operativos de control migratorio. Corydon está a menos de 48 km de Louisville, Kentucky, y forma parte del condado de Harrison, donde Trump ganó más del 70 % de los votos en las elecciones de 2024.

“No puedo imaginar lo que sentiría una familia inmigrante o una minoría, pero me pareció interesante porque la situación está afectando a todos”, dijo.

Los hijos de B. se han visto obligados a aprender a vivir momentos —tanto grandes como pequeños— de sus vidas sin su mamá a su lado, sabiendo que su ausencia es para asegurarse de poder despedirlos antes de dormir al final del día. El padre pidió ser identificado solo por su inicial por la seguridad y privacidad de su familia.

Su mamá, una ciudadana mexicana, pasa sus días dentro de su casa en California, muy parecido a como lo hacía durante el apogeo de la pandemia de covid-19 hace unos años, contó B.

Su hijo e hija adolescentes se enteraron por primera vez en 2024 de que su madre era indocumentada, pero no fue hasta que las operaciones migratorias se intensificaron en California el año pasado que sus preocupaciones aumentaron y las precauciones de seguridad se reforzaron, dijo B.

Los días en que su esposa, quien entró ilegalmente a Estados Unidos hace 26 años e inició el proceso para solicitar la residencia permanente, asistía a estudios bíblicos, hacía las compras o llevaba y recogía a sus hijos de la escuela, parecen haber quedado muy atrás, dijo el padre y esposo.

La familia de cuatro solía viajar dentro del país a nuevos lugares juntos, conducir distancias cortas para visitar a la familia y frecuentar parques de diversiones, pero todo eso se ha detenido en medio de la gran incertidumbre que rodea las operaciones migratorias en todo el estado.

Ahora, cada vez que la familia sale de casa, es un riesgo calculado. Y no solo para la esposa de B., sino también para su hijo, que tiene la piel más oscura y le preocupa la posibilidad de que alguien se le acerque y le haga preguntas por el color de su piel, explicó B.

“Siempre tengo miedo”, dijo B., un ciudadano estadounidense blanco cuyo padre y abuelo sirvieron en las fuerzas armadas. “Pero no es una vida para vivir… aislarnos completamente y no vivir, y sé que eso va a afectar a los niños a largo plazo, así que no hay nada que podamos hacer más que sentir ese miedo y hacer lo mejor posible para estar preparados”.

Esa preparación ha significado pedir copias adicionales de los certificados de nacimiento de sus hijos, tarjetas de pasaporte y tener conversaciones honestas con sus hijos sobre planes de respaldo realistas para el futuro de la familia, incluso si no es en Estados Unidos.

Cada vez que Mari Blume sale de su casa en Prior Lake, Minnesota, un suburbio a unos 40 km de Minneapolis, la joven guatemalteca de 19 años adoptada debe llevar lo esencial en su bolso: una fotocopia de su pasaporte estadounidense y un papel con la información de un orfanato en Guatemala, donde alguna vez hizo trabajo de caridad.

La joven, que está tomando un año sabático tras graduarse de la secundaria, fue adoptada por padres blancos cuando tenía solo 6 meses. Su vínculo es muy fuerte, dijo, y su mamá es su confidente más cercana, especialmente en esta etapa de su vida en la que se encuentra en el umbral entre la adolescencia y la adultez.

La mamá de Blume la tranquiliza constantemente diciéndole que, si por alguna razón se separan, harían todo lo posible para ayudarla.

“Ella me ha dicho: ‘si te pasa algo, haremos todo lo que podamos para recuperarte, eres mi bebé’”, recordó Blume que le decía su mamá. “‘No dejaré que te pase nada. No dejaré que te lleven. Estoy aquí para ti’”.

A lo largo de su vida, ha sido blanco de racismo, contó, por la melanina de su piel, pero ahora el odio se siente más fuerte y constante que nunca, ya que siguen surgiendo reportes de agentes de ICE que supuestamente detienen a personas, incluso a policías fuera de servicio, solo por el color de su piel. El DHS negó las acusaciones de perfil racial y dijo que “no tiene constancia de que ICE o la Patrulla Fronteriza hayan detenido y cuestionado a un policía”.

El miedo a ser detenida por ICE la acompaña todos los días, dijo, incluso cuando está trabajando en una cafetería, el tipo de lugar al que la gente va a buscar calidez y consuelo. En cuanto a Blume, lo único que siente últimamente es temor, aseguró.

En el trabajo hay una gran ventana que da a la autopista, lo que hace imposible no ver si se acercan camiones y furgonetas, especialmente las que tienen vidrios polarizados, contó Blume.

“Se me acelera el corazón cuando veo que uno de esos vehículos entra al estacionamiento”, dijo.

Durante un turno reciente en el que solo había otros compañeros hispanos, Blume dijo que se habría sentido más segura si su gerente o algún colega blanco también estuvieran trabajando. Estar cerca de personas blancas, quienes siente que “usualmente están protegidas por el sistema”, le da una mayor sensación de seguridad.

Por ahora, la joven, que aspira a ser periodista o terapeuta equina, se enfoca en lo que la mantiene con los pies en la tierra en estos tiempos inquietantes: encontrar puntos en común con sus compañeros hispanos, hablar con sus padres y su novio, y concentrarse en su arte.

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