Hay un producto más vital que el petróleo y el gas en Medio Oriente, y está en riesgo a medida que se intensifica la guerra

En las noches más difíciles y de insomnio, Sofía se preocupa por si los grifos se secarán. “Al fin y al cabo, estamos en un desierto”, comentó la residente de los Emiratos Árabes Unidos. El petróleo y el gas pueden ser el núcleo de la economía, pero el agua es “la base de nuestra supervivencia”.

A medida que la guerra con Irán se intensifica, también lo hacen sus temores. “Si me pusiera en el lugar del enemigo, a falta de un término mejor… esto es lo que atacaría, nuestros recursos más valiosos… Nunca pensé que podría correr el peligro de no tener agua potable”, declaró Sofía, quien pidió que no se revelara su nombre real.

Ella no está sola, en toda la región crece la preocupación de que una de sus mayores fortalezas pueda convertirse en objetivo de guerra.

Los países áridos del Golfo, incluidos los Emiratos Árabes Unidos, dependen excepcionalmente de la desalinización, el proceso de convertir el agua de mar en potable.

Por ello, esta región con una escasez extrema de agua alberga exuberantes campos de golf, vastos parques acuáticos y pistas de esquí; también por ello se enfrenta a una vulnerabilidad cada vez más alarmante.

Funcionarios bareiníes informaron el domingo que un dron iraní había dañado una planta desalinizadora, aunque no afectó el suministro de agua.

El ataque se produjo tras la acusación del ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Aragchi, de que Estados Unidos había atacado una planta desalinizadora en la isla iraní de Qeshm, afectando a 30 aldeas, lo que calificó de “acción peligrosa”. Estados Unidos negó su implicación.

Este aparente ojo por ojo pone de relieve el peligro potencial que suponen los cientos de plantas de desalinización del Golfo que abastecen de agua potable a aproximadamente 100 millones de personas.

Si bien Irán aún obtiene la mayor parte de su agua de ríos y aguas subterráneas, el Golfo cuenta con escasos recursos naturales de este recurso dulce. Algunos países, como Kuwait, Omán y Bahrein, dependen de la desalinización para obtener casi toda su agua potable.

Un ataque concertado contra esa infraestructura sería una “escalada casi impensable”, declaró a CNN Michael Christopher Low, director del Centro de Medio Oriente de la Universidad de Utah.

Pero los expertos dicen que las normas de la guerra están cambiando.

Si los ataques a las plantas de desalinización son “el comienzo de una política militar y no simplemente errores o daños colaterales, esto es ilegal —un crimen de guerra— y un hecho muy preocupante, ya que los países (del Golfo) sólo tienen almacenamiento de agua para unas pocas semanas”, señaló Laurent Lambert, profesor asociado de políticas públicas en el Instituto de Estudios de Posgrado de Doha, en Qatar.

El petróleo y el gas transformaron el Golfo de una región caracterizada por estados escasamente poblados a países ricos con ciudades relucientes y bulliciosas en cuestión de décadas.

Pero lo que muchos pasan por alto en esta historia es el impacto de la desalinización, impulsada por el mismo petróleo y gas, que ha permitido el auge demográfico en países desérticos con escasos ríos.

La desalinización convierte el agua de mar en agua potable eliminando la sal, los minerales y las impurezas, ya sea calentándola o impulsándola a través de membranas a alta presión. Es un proceso costoso y de alto consumo energético.

Los países del Golfo se han convertido en “reinos de agua salada”, afirmó Low, quien escribe un libro sobre el tema con el mismo título. “Son superpotencias mundiales en la producción de agua marina artificial generada a partir de combustibles fósiles”.

La dependencia se ha disparado. En Kuwait y Omán, ronda el 90 %, en Bahrein el 85 % y en Arabia Saudí, alrededor del 70 %. Las principales ciudades del Golfo, como Abu Dabi, Dubai, Doha, Ciudad de Kuwait y Yeda, dependen ahora casi por completo del agua desalinizada.

La desalinización es a la vez un milagro y una vulnerabilidad para la región. “Sus economías, e incluso la supervivencia a corto plazo de su población, dependen en gran medida de la seguridad de estas plantas”, afirmó Nader Habibi, profesor de Economía de Medio Oriente en la Universidad Brandeis.

Atacar infraestructura civil vital es contrario al derecho internacional. Sería una escalada provocadora lanzar un ataque coordinado contra plantas desalinizadoras, afirmó David Michel, investigador principal de seguridad hídrica del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS).

Pero existe un precedente. En 1991, durante la Guerra del Golfo, Iraq vertió intencionalmente cientos de millones de barriles de petróleo en el Golfo Pérsico, contaminando el agua utilizada por las plantas desalinizadoras del Golfo.

Kuwait tuvo que recurrir a Turquía, Arabia Saudita y otros países para que proporcionaran cientos de camiones cisterna para el suministro de agua embotellada.

La última década, en particular, ha presenciado una “erosión significativa de las normas” en torno a los ataques a la infraestructura hídrica, afirmó Michel.

Rusia ha lanzado más de 100 ataques contra la infraestructura hídrica de Ucrania durante su invasión e Israel ha destruido instalaciones de agua y saneamiento en Gaza.

“Lamentablemente, se ha convertido en una tendencia”, afirmó Marwa Daoudy, profesora asociada de relaciones internacionales en la Universidad de Georgetown. “El agua se ha sumado a la larga lista de objetivos y armas de guerra”.

Irán no ha lanzado un ataque concertado contra las instalaciones de desalinización del Golfo, pero los expertos temen que los intercambios ojo por ojo contra la infraestructura puedan empujarlo a hacerlo, especialmente porque no tiene el mismo poderío militar que Estados Unidos e Israel: podría ver los ataques a la infraestructura como una forma de infligir dolor al Golfo y empujar a la región a presionar para el fin de la guerra.

“Este régimen iraní ha demostrado que si su supervivencia está en riesgo, no dudará en escalar hacia la infraestructura, especialmente si Israel y Estados Unidos deciden atacar infraestructura muy crítica de Irán”, declaró Habibi.

Los ataques directos son una gran preocupación, pero también existe el peligro de ataques indirectos, ya que las plantas de desalinización a menudo están agrupadas con otras infraestructuras para mayor eficiencia, como centrales eléctricas y puertos.

A principios de este mes, hubo informes de daños en la planta desalinizadora F1 de Fujairah en los Emiratos Árabes Unidos y en la planta de Doha West en Kuwait, que parecen haber sido el resultado indirecto de ataques a la infraestructura cercana.

Otro temor son los ciberataques. En 2023, el Gobierno estadounidense afirmó que Irán había lanzado ciberataques contra la infraestructura hídrica en varios estados, dejando una imagen con el mensaje: “Han sido hackeados, abajo Israel”.

Desactivar las plantas desalinizadoras no implicaría necesariamente un desastre inmediato. Los países del Golfo cuentan con almacenamiento de reserva estratégico y amplios recursos financieros para cubrir una emergencia.

Pero los ataques a las enormes plantas que abastecen a vastas áreas de grandes ciudades como Riad, Abu Dhabi y Dubai podrían tener graves consecuencias. “Su pérdida puede fácilmente volverse existencial”, declaró Zane Swanson, subdirector del Programa Mundial de Seguridad Alimentaria e Hídrica del CSIS.

Las plantas de desalinización son instalaciones complejas y de alta tecnología, y su restablecimiento podría tardar semanas si sufren daños.

Algunos países tienen relativamente poca capacidad de respaldo para cortes prolongados, afirmó Habibi, de Brandeis. Señaló a Bahrein y Kuwait como particularmente vulnerables, ya que son estados más pequeños con menos recursos para afrontar la situación y dependen casi al 100 % de la desalinización.

Los impactos podrían variar desde restricciones en piscinas y parques acuáticos hasta el cierre temporal de actividades económicas que requieren un uso intensivo de agua, incluida potencialmente cierta agricultura, y pedir a la gente que reduzca su consumo, señaló Lambert en Doha.

Esta no es la primera vez que surge la cuestión de la vulnerabilidad hídrica en los países del Golfo.

La CIA elaboró ​​un informe en 2010 que concluía que la interrupción de la desalinización en el Golfo “podría tener consecuencias más graves que la pérdida de cualquier otra industria o producto básico”.

Y si bien la guerra es la preocupación actual, Low cree que el cambio climático es el mayor riesgo futuro.

No solo provoca tormentas cada vez más frecuentes y severas, y otros fenómenos meteorológicos extremos que podrían dañar las plantas, sino que el uso de combustibles fósiles que calientan el planeta para generar agua alimenta la crisis climática y agrava la escasez de agua.

La desalinización es “una victoria del siglo XX que conlleva posibles cuestiones climáticas del siglo XXI”, afirmó.

El Golfo se acerca a la época más calurosa del año; la primavera ha llegado y el verano está a la vuelta de la esquina. “Los recursos hídricos se verán aún más afectados cuanto más se prolongue el conflicto y mayor sea la exposición de esta infraestructura”, declaró Swanson.

Sofía ha considerado almacenar agua, pero su esposo la disuadió. Como muchos residentes del Golfo, confían en que sus Gobiernos garantizarán la satisfacción de sus necesidades.

Lo que Irán decida hacer es incierto, pero los expertos afirman que un ataque coordinado contra las plantas desalinizadoras sería cruzar una clara línea roja. Sería como recurrir a un arma nuclear, señaló Low. “Es una estrategia realmente descabellada”, añadió, “las secuelas políticas y psicológicas serían de una magnitud que no puedo ni imaginar”.

Tala Alrajjal y Tim Lister de CNN contribuyeron con el reportaje.

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