Trump obtuvo una victoria con su incursión en Venezuela. Pero ahora Estados Unidos es responsable del futuro del país

Cuatro días después del movimiento militar más contundente del presidente de Estados Unidos Donald Trump hasta ahora, crece la brecha entre su afirmación de que Estados Unidos “gobernará” Venezuela y la realidad de un régimen autoritario que sigue vigente en el país.

En las próximas semanas, existe el riesgo para la Casa Blanca de que la demostración brutal de poder estadounidense en la madrugada del sábado se vea socavada por la incapacidad de seguir adelante, lo que supondría una posible derrota estratégica tras una victoria espectacular pero efímera.

En cuestión de minutos durante la conferencia de prensa del sábado, la exhibición de fuerza de Trump pasó de afirmar el control estadounidense sobre Caracas a reconocer poco después que el mecanismo para lograrlo sería la presunta cooperación de la vicepresidenta de Nicolás Maduro, Delcy Rodríguez, quien desde entonces fue juramentada como presidenta encargada.

Por ahora, el mecanismo de influencia estadounidense, al menos en público, parece limitarse a llamadas ocasionales del secretario de Estado, Marco Rubio, respaldadas por la pesada musculatura del portaaviones USS Gerald R. Ford y otros activos de la Marina.

El asalto militar inicial fue sorprendente, pero la “toma del poder” ha sido hasta ahora un anticlímax, al depender de que Rodríguez acepte el papel de colaboracionista y títere colonialista de la noche a la mañana. Públicamente, ella hizo lo contrario, exigiendo la liberación de Maduro y expresando su indignación, y solo el domingo insinuó que podría seguir una “cooperación” con Estados Unidos.

Dado que las muestras de desafío de Maduro parecen haber enfurecido a Trump hasta el punto de ordenar la incursión, esa retórica de Rodríguez era un riesgo, independientemente de las concesiones que pudiera estar negociando en privado. Parece que se está llevando a cabo una especie de ofensiva represiva, con pandillas leales en las calles y detenciones de periodistas. Dentro de Venezuela, no hay celebraciones por el fin del régimen de Maduro, ya que su pueblo, muchos de ellos recelosos tras años de autoritarismo, esperan con ansiedad lo que vendrá.

La realidad puede ser más dura en lo que respecta al petróleo: Trump puede haber dicho “nos lo quedaremos” y el martes anunció que entre 30 y 50 millones de barriles serían entregados a Estados Unidos. Pero será difícil que esa concesión de gran escala se materialice, en parte porque las compañías petroleras estadounidenses que el presidente esperaba que se lanzaran a Venezuela viven en un mundo diferente al que se vivió tras la caída de Iraq en 2003, un mundo de cambios caóticos y abundancia de crudo, en el que invertir miles de millones de dólares en una cleptocracia aún hostil sería un riesgo enorme. Chevron es la única gran empresa petrolera occidental que ha mantenido operaciones significativas en Venezuela en años recientes.

¿Qué ha cambiado realmente? Maduro está bajo custodia estadounidense y se enfrenta a un proceso judicial en marzo, tras una operación de extracción ejecutada con precisión que duró alrededor de 150 minutos. Por lo demás, los leales al régimen siguen, por ahora, controlando la situación a pesar de las garantías de la Casa Blanca de que, por temor a correr la misma suerte que Maduro, se alinearán con lo que Estados Unidos desea.

La realidad sigue importando, y el legado de esta última incursión de Trump en la política exterior dependerá de su duración. La operación en Venezuela corre el riesgo de sumarse a la lista de proclamaciones grandilocuentes de Trump sobre un mundo transformado que tropiezan y, a veces colapsan al entrar en contacto con una realidad compleja e intransigente.

El éxito significativo, aunque limitado, de la Casa Blanca en Venezuela ha dado lugar a cuatro días de retórica desmesurada por parte de Trump y sus aliados, una avalancha de declaraciones grandilocuentes y ambiciosas sobre una remodelación del hemisferio occidental, simplemente gracias a la fuerza de la voluntad trumpista.

Entre ellas: Cuba debe tener cuidado. (Podría ser, si se agota el petróleo venezolano, pero sus dirigentes pueden apoyarse en una infraestructura de represión resistente). Estados Unidos “necesita” Groenlandia y nadie podría impedirle tomar militarmente el territorio danés si así lo decidiera. (Sería un desastre para Estados Unidos intentar apoderarse de 57.000 personas en una capa de hielo bien defendida por la OTAN, especialmente considerando que la mayoría de los groenlandeses prefieren la independencia antes que convertirse en una colonia estadounidense).

Recordemos a dónde han llevado otras afirmaciones radicales de Trump durante el último año: Canadá no es el estado número 51 de Estados Unidos. El Canal de Panamá no está bajo control estadounidense. Tampoco lo está Gaza. Ucrania no vio la paz en las 24 horas siguientes a su toma de posesión. Las afirmaciones de Trump a menudo no son más que el discurso de venta de un negociador: insistir en la idea de lo que se quiere y ver hasta dónde se puede llegar. Eso encaja bien en el mundo de la construcción y los negocios, pero corre el riesgo de quedarse corto en geopolítica. Los miembros del equipo de Trump se han esforzado por destacar que el presidente dice lo que piensa, como si hiciera falta aclararlo.

El Gobierno de Trump no ha sido el único en aquello de invadir primero y pensar después en las realidades de la ocupación. El Gobierno de Bush descartó los complejos planes del Departamento de Estado para administrar Iraq tras el derrocamiento de Saddam Hussein en 2003, dejando al Pentágono improvisar la reconstrucción. El rápido colapso de los talibanes en Afganistán en 2001 dio lugar a años de medidas a medias a través de un Gobierno afín en Kabul, antes de que estallara la insurgencia. Pero Trump no tiene soldados sobre el terreno en Venezuela, ni siquiera el despliegue necesario para intentarlo. Por lo tanto, su tarea es más compleja, ya que consiste en coaccionar a los políticos venezolanos para que cumplan sus deseos.

La señal que envió la incursión estadounidense del sábado fue poderosa: Washington demostró ser capaz de ejecutar acciones audaces, rápidas y altamente especializadas para capturar a sus enemigos en cuestión de minutos. Lo que siguió fueron señales mixtas, incluso desconcertantes. Sin demostrar una aplicación sostenida del poder y un éxito final en “dirigir” Venezuela, Trump corre el riesgo de que su limitada capacidad de atención se convierta en la lección perdurable de este episodio para China y Rusia, adversarios sin las restricciones de una oposición democrática.

Moscú y Beijing saben que les quedan tres años de este presidente impredecible, quizá solo uno, si las elecciones de mitad de término de noviembre debilitan la presidencia de Trump. Han aprendido que Trump puede ejercer un poder asombroso durante un breve momento. La prueba de las próximas semanas en Venezuela es que la Casa Blanca demuestre que el alcance de sus ambiciones no se desvanece cuando la atención del presidente se desvía hacia otro objetivo menor: en esencia, imponer la idea de que a Trump se le debe temer, y no simplemente esquivar con elegancia.

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