El 8 de octubre de 1941, Jesse Jackson nació en un mundo en el que no podía entrar a los mismos edificios que sus vecinos blancos ni sacar un libro de la biblioteca local. No podía asistir a la escuela con los niños blancos que jugaban cerca. Y solo el 3 % de los votantes negros elegibles en el sur estaba registrado para votar.
Como muchos otros de su generación, la entrada de Jesse Jackson a la vida pública llegó a través de la iglesia. Allí aprendió a liderar y a conectar con las almas de quienes eran tocados por su voz. Fue formado bajo la guía de una generación de hombres que entendían el imperativo moral de la justicia. Su muerte señala que el tiempo de ellos entre nosotros está terminando rápidamente.
Hay muchas cosas improbables en la vida de Jesse Jackson. Nacido de una madre adolescente soltera en el sur de la era Jim Crow, emergió de ese entorno con un sentido de propósito poco común. Canalizó ese impulso y se insertó en el corazón del movimiento por los derechos civiles hasta convertirse en el más joven de los colaboradores del reverendo Martin Luther King Jr. En la década de 1970 emprendió su propio camino y lanzó Operation PUSH.
PUSH continuó la labor que llevó el reverendo King hasta su muerte. Con la misión de impulsar la liberación económica de los afroestadounidenses y de las personas pobres, el grupo de Jackson se convirtió rápidamente en una organización de derechos civiles, como pocas, en su capacidad de impulsar cambios materiales en las prácticas de los poderosos actores económicos de la sociedad estadounidense que aún buscaban excluir a los afroestadounidenses de la vida económica del país. Sus pactos económicos abrieron durante décadas las puertas a cargos corporativos, franquicias y propiedad real para afroestadounidenses.
Pero quizá lo más improbable de la vida de Jackson es su longevidad.
Durante la mayor parte de las seis décadas que pasó en la vida pública, el espectro de la muerte se cernía sobre él, como ocurrió con tantos hombres negros prominentes que fueron baleados en la plenitud de sus vidas. King fue muerto a los 39 años. Medgar Evers, a los 37. Fred Hampton, a los 21.
Y aun así, pese a esa realidad y al flujo constante de amenazas que él y su familia enfrentaron, Jackson se mantuvo firme. Fue una figura clave en el esfuerzo por ir más allá de la lucha por los derechos humanos básicos y avanzar hacia un futuro en el que los afroestadounidenses tuvieran plena participación económica y cívica en la nación en la que nacieron.
Es fácil desestimar el esfuerzo y el sacrificio de estos hombres, por imperfectos que hayan sido, ahora que los frutos de su labor se disfrutan libremente. Las barreras al voto al estilo de la era Jim Crow han desaparecido. Los afroestadounidenses pueden ser directores ejecutivos de empresas Fortune 500 y propietarios de bancos y negocios en todo el país. Un hombre negro fue elegido presidente, y una mujer negra y de origen surasiático fue elegida vicepresidenta. Pero sin el esfuerzo de Jackson y de otros de su generación, nada de eso habría sido posible.
Hay otra lección en la obra de vida de Jackson y en la del movimiento por los derechos civiles que finalmente obligó a Estados Unidos a estar a la altura de sus principios fundacionales. Nunca fue solo en beneficio de los afroestadounidenses que marcharon, hicieron sentadas y conocieron el interior de las celdas. Fue por todos los estadounidenses: mujeres, estadounidenses de origen asiático, hispanoestadounidenses y muchos otros que posteriormente se beneficiaron de su labor.
En 1984, cuando Jackson se postuló por primera vez a la presidencia, su improbable campaña fue un disparo de advertencia contra un establishment político que durante décadas había aceptado los votos de sus grupos constituyentes, pero no había estado dispuesto a compartir plenamente el poder.
“Somos miembros del partido y no queremos irnos”, dijo Jackson a sus compañeros demócratas. “Pero nuestro respeto propio no es negociable”.
Sin duda, fue impulsado por el respaldo de los afroestadounidenses comunes. Fueron los primeros en verse reflejados en él: un hombre común del sur que decidió hacer cosas extraordinarias. Pero ofreció un camino hacia adelante para toda la nación que dejaba atrás las divisiones del pasado.
“Debemos abandonar el campo de batalla racial y pasar al terreno común económico y al plano moral superior. Estados Unidos, nuestro momento ha llegado”, dijo en el escenario de la Convención Nacional Demócrata en 1984.
Con sus campañas de 1984 y 1988, Jackson alteró el tejido del Partido Demócrata. Como muchos candidatos externos al establishment, compitió contra la estructura del poder. Y aunque no ganó la nominación, la historia muestra que en muchos sentidos fue premonitorio en su estilo de política populista y en la defensa de temas que después se volvieron centrales.
El Partido Demócrata en el que compitió Jackson tenía reglas de delegados diseñadas para impedir que candidatos como él obtuvieran la nominación. Al cambiar esas reglas, creó las condiciones que Barack Obama aprovechó para ganar la nominación en su histórica candidatura presidencial de 2008. Potenció el poder de los votantes demócratas al registrar a millones para votar. Y demostró la resonancia de un mensaje económico centrado en los sueños compartidos de todos los estadounidenses.
Cuando John Lewis murió en 2020 a los 80 años, llevaba las cicatrices físicas de la lucha por la libertad. Jesse Jackson, a los 84, llevaba las psicológicas. Ambos hombres fueron testigos del horror de la violencia racial, desde las brutales golpizas en Selma hasta el asesinato del reverendo King. Son un recordatorio de los sacrificios hechos por una de las generaciones más grandes de Estados Unidos: una que ahora está desapareciendo rápidamente.
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