Entrevista con Caifanes: Habitar la tristeza no es del todo patético

¡Bang, bang! Sonaba la tarola de una banda callejera en la azotea de una vecindad. Las aves sobrevolaban entre tendederos con ropa y el llanto de los gatos se escuchaba a la distancia. Cascos de cerveza y un par de amplificadores rotos adornaban el cuadro.

De fondo la radio con la clásica cumbia de lavaderos y por las calles una camioneta vieja que pregonaba por la colonia si tenían latas, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que vendan.

La magia de un momento hechizante, salido de una película en blanco y negro. Una pintura neoclásica de la que imaginas cientos de historias pero todas culminan en el mismo final. Cuatro libertinos en la edad de lo desconocido utilizaban su magia única para dejar el mundo y conectarse al mismo tiempo en el unísono infinito.

El pelo enmarañado, la mezclilla gastada de sus jeans, las uñas mal pintadas de negro y una resaca de más de dos días. Todo era parte de su mística. Todo estaba en su lugar.

Me situé en ese momento. Imaginé que los acompañaba en su ensayo y que los chillidos de la guitarra me recorrían la espalda. Me senté junto a ellos en un tinaco mientras reflexionaba la profundidad de las letras. Las frases iban y venían, rebotaban todo el tiempo en mi cabeza.

¿Qué pensaban? ¿Cómo se sobrevivía a un momento así de insólito en la música? ¿Qué se sentía haber creado la mejor banda de rock y ni siquiera saberlo? Me acerqué a Diego y después de hacer un ligero solo de teclado, lo dejó por un momento para sentarse conmigo a beber y a charlar…

«Lo nuestro era hacer música. Nunca pensamos en nada, simplemente nos caímos bien y dijimos ‘yo tocó esto, yo toco lo otro’ y pues chido, de esa forma se dio, nunca pensamos en hacer una banda, al menos ni Saúl ni yo pensamos en hacer un grupo que llenara lugares o tuviera rolas legendarias. Solo queríamos tocar.

Me parecía interesante compartir con un «broder» diferente, porque yo venía de la salsa y de tocar jazz, entonces dije «vamos a ver de qué se trata este rollo’. A la fecha yo me considero mucho más jazzero o folclórico o salsero que rocanrolero, porque tiene que ver no solo la música que tocas si no el cómo vives.

Después salió la idea de irnos a España en un barco que te daba aventón. Te subías a chambear haciendo lo que fuera y a cambio de eso te llevaban. Ya casi nos íbamos para allá y de pronto apareció Juan Manuel Aceves, un amigo que nos consiguió un estudio de grabación como de 10 de la noche a 5 de la mañana que era cuando estaba libre y ahí nos metimos a hacer los demos.

Uno de nuestros amigos le llevó el demo a un cuate de la radio y programaron la rola en Espacio 59, una estación bastante chida para bandas nuevas, entonces eso nos volteó completamente la jugada porque estábamos casi por irnos. No sé qué hubiera pasado en España la verdad.

No teníamos idea, queríamos tocar y punto. Me pareció interesante hacer algo con este güey y la verdad yo no había escuchado nada, me empezó a poner rolas y dije ‘órale qué chido está’ y le empezamos a meter. Ahora míranos, aquí estamos 37 años después».

Su apariencia era oscura, desalineada y hasta andrógina. Parecían salidos de una película de Burton, ¿fue coincidencia?

Saúl traía mucho esa onda para mí era algo nuevo. Esa onda de pintarse los ojos y pararnos los pelos antes de tocar, la ropa negra y todo ese pedo era una novedad y de alguna manera estos güeyes ya lo traían más en la sangre, Alfonso y Saúl. Yo me adapté a su mundo. Historias muy diferentes a la mía. Yo empecé a descubrir muchas cosas en términos musicales porque había algo en mí que ninguneaba al rock en muchos sentidos y hasta a ciertas bandas. Yo decía ‘necesito más armonía, más acordes, cosas más complejas’, me hacía falta más. La parte oscura la fui agarrando poco a poco y me fui metiendo a la onda que traían ellos».

Después el sonido hizo historia…

«No fue una cosa racional ni consciente, fue algo que se dio. Un día me preguntaban de dónde habían salido los sonidos tan característicos del primer disco, pero lo que pasa es que yo solo tenía un sintetizador que tenía ocho sonidos (risas), entonces o usaba la marimba o usaba las cuerdas. A veces pedíamos prestado equipo pero eran más las condiciones en las que tocábamos. Yo había escuchado poco rock, escuchaba cosas más progresivas como Yes, Genesis, más rock progresivo, venía de la salsa y el jazz, así que supongo que las ideas se mezclaron. Lo que traía Saúl con lo mío.

No sé bien cómo fue el proceso. De repente me dijo ‘güey ahí tengo una rola’ le dije ‘ahí tengo una grabadora y unos sintes, vamos a juntar las canicas’ y nos sentamos en un cuartito de azotea a empezar a chambear. ‘Cómo ves si le metemos esto’, ‘Ah suena chingón búscale acá’, y así fue. Ya después llegó el productor del primer disco y empezó a jalar hilos de cosas interesantes que le sonaban a él, de usar esto y lo otro.

En ‘Viento’ por ejemplo, nos faltaba una rola para el disco y Saúl llegó con esa secuencia de acordes y empezó a tocar y luego pasó la historia de la servilleta. Un señor que nos veía en La Veiga, un restaurante que ya no existe, nos pasó una servilleta con la frase de la rola. Nos veía y escribía cosas y ese día traíamos los pelos parados, entonces escribió «Préstame tu peine y péiname el alma» y ya de ahí Saúl se encarreró con la letra pero esta rola era para rellenar el disco. 

Fue muy chido porque era un proyecto en el que no queríamos rendirle cuentas a nadie más que a nosotros mismos. Si lo que yo estaba haciendo le gustaba a este güey y al otro, ya estábamos del otro lado. Éramos nosotros y lo seguimos siendo hasta la fecha. Nuestros propios jueces.

La mística siempre fue parte de Caifanes…

La música tiene la virtud y la capacidad de saltarse la parte racional. Eso explica que de repente estés cantando a todo pulmón en un concierto con un güey que no pelarías nunca en la calle, pero cuando tocan tu rola favorita hasta lo abrazas. La música es mística completamente, tenía un maestro que decía que la música era el mejor vehículo para acercarse a Dios, y sí, hay muy pocas cosas que evocan sentimientos o sensaciones como la música. Es como el olfato de pronto hueles algo y te regresa todos esos recuerdos.

Saúl siempre tuvo una forma muy mística y particular de escribir. Todo iba junto con pegado, por lo menos en mi caso siempre he sido mucho de víscera y es algo que ha pasado con las nuevas rolas que de repente todo cae en su lugar. 

Mucho de ello es dictado no es nuestra creación. Hay ciertas rolas y ciertos momentos en donde eres solo un camino, lo demás te lo dictan de allá arriba.

Cuando buscas Caifanes en Internet, los primeros 100 resultados te arrojan la misma frase: Caifanes, la mejor banda de rock en español… ¿Estás bien con el título que se les ha dado?

Creo que sí somos una banda con una propuesta muy particular. Nos abrimos paso a chingadazos y logramos entrar a lugares donde nadie había entrado. Medios masivos, radio y en ese sentido sí fue un parte aguas.

¿La mejor banda? No sé. Creo que no hay que buscar ser la mejor banda, le rompes la madre al asunto. Luego escuchas rolas que dices, ‘estos güeyes la quieren pegar a huevo’. Hay que hacer música por necesidad. Tiene que ver con eso, con hacer música por las ganas de hacer música, no por buscar fama. Hacerlo por el dinero y la fama es exactamente la forma para no lograrlo.

Si tú haces las cosas con gusto y corazón, se oye y se siente. Es como tú, si quieres hacer un reportaje chingón estás ahí con alma y cuerpo puesto en ello y se siente y lleva esa energía. 

Creo que hay muchos caminos, el nuestro fue este y nos fue bien y quiero pensar que es por que somos honestos con lo que estamos haciendo.

Cuando terminan una canción deja de ser suya y pasa a ser de quién la escucha. Cuando escuché ‘Sombras En Tiempos Perdidos’ por primera vez, sentí un abrazo profundo en el momento en el que más lo necesitaba. ¿Cómo es hacer estas canciones y qué pasa cuando alguien más se adueña de ellas y les da un nuevo significado?

Cuando llegas al estudio ya le diste a cada rola mil vueltas por todos lados. ‘Sombras En Tiempos Perdidos’ me gusta mucho, es de mis rolas favoritas de Caifanes. La armonía y la melodía y cómo fue hecha. Esa está en el Diablito y en ese disco hubo dos rolas que hicimos con Daniel Freiberg, un músico y un súper productor argentino, ‘La Celula’ y ‘Sombras’. 

Me acuerdo que para ‘La Célula’ necesitábamos una trompeta para el final y Daniel me dice ‘¿A quién quieres?’ le dije ‘jálate a Randy Brecker’, de broma porque lo admiraba mucho. Me dijo ‘sí le hablamos ahorita’, y de pronto llegó sacó su trompeta y nos pusimos de acuerdo para ver qué iba a tocar. Entró y en exactamente 15 segundos había captado lo que queríamos. Le dije ‘falta un solo en esta parte’ y se lo echó y solo estuvo 10 minutos con nosotros a lo mucho.

Este disco fue muy particular porque Gustavo Santaolalla hizo un pedazo, el Cachorro hizo otro y Freiberg otro. Creo que la elección de las canciones fue muy atinada. No sé quién eligió a Dani para hacer esas dos o que Gustavo hiciera ‘El Elefante’, que es muy teatral, pero muy buena elección.

Hay experiencias muy bonitas e interesantes de producción y de arte.

¿Cuál es la mejor y cuál es la peor rola de Caifanes?

No sé porque las puedo ver como las ves tú. Yo las toco un chingo pero las concebimos juntos entonces no creo que haya una mala canción.

Hay rolas que me conmueven mucho por la historia que significan en mí vida, como lo serán en la tuya. Una novia de la secundaria con la que querías desde hace meses y de pronto pusieron ‘Antes De Que Nos Olviden’ y pues esa rola se convierte en un himno para ti.

No hay una rola mala de Caifanes no porque seamos unos genios, sino porque no la dejamos pasar. La detuvimos antes de que saliera. Y no por sonar a una junta que evaluaba la canción y la calificaba, porque el rock es mucho más empírico, de decir ‘está chingón eso’ o ‘suena poca madre’, más que pensar en una buena rola y una mala. 

Tengo mis consentidas porque en algunas quizá hago un solo de sax que me gusta mucho o cuando la grabamos algo pasó ahí y eso. Tenemos nuestras consentidas y nuestras obligadas, porque hay rolas que dejaría de tocar pero la gente las quiere y nosotros estamos para ellos. 

¿Recuerdas la primera vez que tocaron en Estados Unidos? ¿Cómo se sintieron de llegar y de encontrarse a miles de fanáticos del otro lado?

La primera vez que tocamos fue en Los Ángeles. Estábamos en un camerino como con una ventanita chiquita y ahí Saúl y yo nos asomábamos como podíamos para ver. Nos asomábamos para ver cómo estaba todo y Saúl me decía ‘hay un chingo de gente’. Llegó un chingo de gente y se llenó para nuestra sorpresa. Fue parecido a lo que pasó aquí en México. De hecho me cambié de casa hace poco y me encontré el cartel y te estoy hablando del 89 por allá.

Esa fue la primera vez que tocamos en Estados Unidos y creo que ahora tocamos más allá que acá. Siempre ha sido una plaza muy buena, vamos a Ontario ahora y aunque los boletos ya están agotados es todo un placer tocar en este lugar.

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